Durante generaciones, cada familia o comunidad criaba su comida. Se comía lo que unas manos habían cuidado. Hoy ese proceso vital lo dominan multinacionales cuyos intereses giran en torno al mayor retorno, y en unas cuantas generaciones se borró la sabiduría ancestral, el trato directo y el valor del origen.
Regirse por la optimización lleva al abaratamiento, al descuido, a la explotación de recursos y al abuso de antibióticos y agroquímicos. Todos ellos conllevan un impacto en cada eslabón de la cadena.
En realidad es muy sencillo: el huevo vino de la gallina, y la calidad de vida de esa gallina es lo que da un huevo que solo puede nacer del cuidado compartido. Un estudio de la Universidad Estatal de Pensilvania comparó los huevos de libre pastoreo con los industriales: los primeros contienen el doble de vitamina E y de omega-3 — esa grasa buena que tu cerebro necesita para funcionar — y un 38% más de vitamina A. Los nuestros, además, están libres de aditivos químicos y antibióticos.
Un modelo dominante donde rigen la productividad, la industrialización y la desconexión nos impulsó a crear De Origen: una alternativa viable, de colaboración comunitaria, con beneficios para quien produce y para quien consume. Aquí cada compra se siente, cada entrega se planea y cada familia cuenta.
Fuente: Karsten et al., Renewable Agriculture and Food Systems, Penn State University, sobre vitaminas y ácidos grasos en huevos de libre pastoreo.